Humberto Vázquez Galindo
Antes de ser Bernie, antes de aparecer en Nadie nos va a extrañar y de descubrir que un personaje que parecía pequeño podía terminar abriendo una puerta mucho más grande, Alessandro fue un niño que todavía no sabía que algún día iba a vivir de ponerse en la piel de otros.
La actuación no fue, al principio, el camino obvio. Primero estudió Psicología. Quizá porque antes de querer interpretar personajes necesitaba entender a las personas. O quizá porque hay vocaciones que no llegan como una revelación, sino que se van haciendo presentes hasta que resulta imposible ignorarlas.
En algún momento, Alessandro sintió ese llamado y decidió hacerle caso. Entró al CEFAT para estudiar actuación y comenzó un proceso que todavía está lejos de terminar. Porque si algo tiene claro es que una carrera como ésta no se construye con un solo personaje ni con una serie exitosa. Se construye trabajando.
Pero antes de entrar a una escuela de actuación ya había una escuela mucho más íntima: la televisión, el cine y los actores que miraba desde niño. Como muchos intérpretes, Alessandro comenzó aprendiendo observando. Mirando cómo otros actores construían personajes, cómo cambiaban el cuerpo, la voz, la mirada.

Entre sus grandes referentes está Christian Bale, actor al que admira precisamente por esa capacidad de desaparecer dentro de un personaje y transformar radicalmente su presencia.
No se trata solamente de admirar a una estrella de Hollywood. Lo que le interesa de Bale es el oficio: la disciplina, la transformación y la posibilidad de que el espectador deje de ver al actor para encontrarse frente al personaje.
Pero su imaginario tampoco se limita al cine estadounidense. El cine nacional ocupa un lugar importante entre sus referencias y en esa mirada que poco a poco está formando como actor. El cine mexicano, sus intérpretes y las historias que han retratado distintas realidades del país forman parte de ese mapa de influencias que Alessandro sigue ampliando mientras construye su propio lenguaje.
Quizá por eso su aproximación a la actuación no parece estar basada únicamente en la idea de “ser famoso”. Hay una curiosidad por el oficio, por observar, por entender qué hace que un personaje resulte creíble.
Hay otra escuela que acompañó a Alessandro desde mucho antes de que decidiera convertirse en actor: el mundo del entretenimiento. Creció rodeado de castings, actores, sesiones y proyectos de management gracias al trabajo de sus tíos, Eddie Jaimes y Mel Mendoza, fundadores de MM:Agency. La actuación, por lo tanto, no era para él un territorio completamente desconocido; formaba parte de ese paisaje cotidiano en el que creció. Sin embargo, conocer de cerca ese mundo no significó tener el camino resuelto. Alessandro tuvo que encontrar su propia vocación, estudiar Psicología antes de dar el salto al CEFAT y, una vez frente a la cámara, construir su carrera a partir de su propio trabajo. Quizá aquella cercanía con los actores le permitió entender desde niño que detrás de lo que ocurre frente a una cámara existe un oficio, una disciplina y, sobre todo, mucho trabajo.
“Yo llevaba como seis meses de carrera cuando me llamaron para hacer mi primer proyecto profesional”, recuerda. Fue un unitario de televisión y, para su sorpresa, no llegó como figurante ni como personaje secundario: le dieron el protagónico. Tenía que interpretar a un joven drogadicto y violento, un personaje que exigía mucho más de lo que podría esperarse de alguien que apenas comenzaba su formación.
“Fue un reto fuerte porque nunca había actuado profesionalmente en televisión. Todo era rapidísimo: escenas de acción, escenas muy intensas… Era un personaje en el que recaía todo y que pude ir construyendo para darle verdad”.

Aquel primer trabajo fue también una especie de bautizo. Alessandro entendió que estudiar actuación era apenas una parte del oficio. Había que aprender a trabajar frente a una cámara, a resolver bajo presión, a encontrar un personaje en poco tiempo y a sostenerlo cuando todo alrededor ocurre a una velocidad distinta a la del salón de clases.
Después vendrían otros proyectos. Entre ellos, El rey de los machos, una serie que lo acercó a una historia sobre la masculinidad, el machismo y la identidad trans.
La trama giraba alrededor de Charlie, un chico trans que se enfrenta a un pueblo profundamente machista y a un concurso cuyo objetivo parece absurdo y revelador al mismo tiempo: encontrar al hombre más macho.
“Era un concurso físico. Todo estaba relacionado con demostrar quién era más macho”, cuenta entre risas. En ese universo, Alessandro interpretaba a uno de los muchachos del pueblo. No era precisamente el héroe. Era más bien de esos personajes que se pegan al poderoso, que apoyan al que consideran popular y que buscan estar siempre del lado conveniente.
“Era amigo de todos, pero también porque era medio lamebotas de uno de los antagonistas. Siempre quería apoyar al más popular”. Sin embargo, el personaje terminaba teniendo una transformación sencilla pero significativa: también acababa apoyando a Charlie.
“Porque llega un momento en que dices: pues ya, ¿no? No pasa nada”. Quizá esa frase resume parte de lo que Alessandro ha encontrado en la actuación: la posibilidad de mirar a las personas desde lugares que en la vida cotidiana no siempre nos permitimos.
Pero si El rey de los machos significó un paso adelante, Nadie nos va a extrañar fue el proyecto que inesperadamente cambió la dimensión de su carrera.
Y lo curioso es que Alessandro ni siquiera sabía muy bien en qué se estaba metiendo. El casting llegó de manera casi absurda por lo rápido. Le pidieron una escena, mandó su material y poco después estaba grabando. No conocía al elenco. No sabía realmente de qué iba la serie. Llegó cuando prácticamente todos los demás ya estaban integrados.
“Yo llegué a grabar dos capítulos en una semana. Fueron como tres escenas. No sabía de qué era la serie”. Ahí conoció a Samuel Kishi, el director, y a Macarena Oz, quien terminaría convirtiéndose en una de sus amigas más entrañables.
Su personaje era Bernie. Y Bernie, en principio, no parecía destinado a cambiarle la vida. Alessandro grabó sus escenas con la pasión que lo caracteriza y siguió adelante. La serie se estrenó y entonces ocurrió algo que nadie esperaba, ni siquiera él.
“Yo salí como tres segundos y subí como tres mil seguidores, la serie se convirtió en un éxito y de pronto estábamos en todos lados”. Se ríe al recordarlo porque el fenómeno fue mayor de lo que cualquiera había imaginado. Incluso hubo un momento en que el propio equipo dejó de esperar demasiado de la producción. Se hablaba de que la serie tardaría años en estrenarse.
“Nos dijeron que iba a tardar tres años en salir. Entonces dijimos: Aun falta mucho y literalmente la olvidamos”. Hasta que llegó el anuncio. “Y al siguiente mes nos dicen: sale el 7 de agosto. Y nosotros: ¿cómo?”.
El resto ya forma parte de una historia que el público conoce. Nadie nos va a extrañar encontró una audiencia enorme y convirtió a sus personajes en parte de una conversación que rebasó la pantalla.
Para Alessandro también significó algo más íntimo: descubrir que aquel proyecto al que había llegado casi de rebote, podía convertirse en uno de los trabajos más importantes de su todavía corta carrera.
Hay algo especialmente entrañable en la serie para alguien de su generación. Alessandro nació en 1998, pero alcanzó a vivir la transición entre aquel mundo analógico y el que vendría después. Su padre le enseñó parte de esa música que hoy vuelve a aparecer en pantalla.
“Todavía me tocó que mi papá me enseñara la música de Soda Stéreo y Caifanes”.

Y habla de Caifanes con una pasión que parece venir de mucho antes de la serie: “Yo creo que se tenía muy estigmatizada a Caifanes. Era como el típico que llegaba y ponía Caifanes y decían: es un chavorruco y la realidad es que Caifanes es y seguirá siendo top”.
Para él, los noventa fueron mucho más que una estética. Era la música, los videoclubes, las películas, la ropa, los grupos de rock mexicano y latinoamericano. Caifanes, Café Tacvba, Molotov, La Cuca, La Lupita, Soda Stereo, Charly García, Fito Páez, Jorge Drexler: “Fue una época muy chingona musicalmente y está bien padre que esté ambientada en ese tiempo”.
Pero lo que más le gusta de Nadie nos va a extrañar es que la nostalgia no se queda en la decoración: “Los personajes siguen siendo actuales. Las nuevas generaciones también se pueden identificar con ellos”.
Eso, piensa, explica buena parte del éxito. Los personajes son entrañables, la música es entrañable, la época es entrañable. Y están los detalles: “Ahí lo que cuentan muchas veces son los detalles”.
Como ese gesto pequeño de un personaje que mueve el pie cuando se enamora, los tenis, el pantalón de mezclilla. Cosas que quizá no significan nada por separado, pero juntas consiguen algo poderoso: recordar.
Y Alessandro también encuentra en la serie algo que considera necesario en el entretenimiento mexicano. “Yo ya estoy un poco harto de películas y series mexicanas donde todo es tragedia”.
No niega la realidad. Sabe que muchas de las historias duras que aparecen en el cine y la televisión corresponden a problemas reales. Pero cree que también hace falta otro tipo de relato: “Necesitas un entretenimiento que por lo menos te dé un respiro y ese creo que es el éxito de la serie”.


Nadie nos va a extrañar puede hablar de bullying, salud mental, identidad y relaciones adolescentes, pero también permite reírse, enamorarse de los personajes y volver a escuchar canciones que marcaron una época.
Y entonces Bernie vuelve a entrar en escena. Lo que parecía un personaje incidental ahora tiene mayor peso en la segunda temporada. Alessandro aparece en cinco de los ocho capítulos y su personaje adquiere una función distinta dentro de la historia.
Bernie es, en cierto modo, una alternativa para Dani. Un personaje más noble, más maduro, menos agresivo que otros hombres que han pasado por su vida.
“Viene a mostrar una cara de madurez y cosas diferentes que ella no está acostumbrada”. La relación con Macarena también creció fuera de la pantalla: “Ella es de mis mejores amigas”.
Y en ese vínculo profesional Alessandro encontró también una de las partes más agradables del proyecto: trabajar con un elenco que terminó convirtiéndose en un equipo.
Lo mismo ocurrió con Kishi. Alessandro no duda cuando le preguntan por él: “Creo que es el mejor director con el que he trabajado”.

Pero no lo dice por una cuestión de jerarquía o prestigio, sino por algo que para él resulta fundamental: la capacidad de dirigir actores.
“Por más que los directores digan que el actor hace su chamba y ellos están ocupados, si eres director de actores tienes que atender a tus actores, escucharlos, guiarlos, darles confianza y eso lo hizo de manera espectacular Samuel”.
Kishi, dice, tiene ese lado humano: “Él confía plenamente en ti. Te da indicaciones, hace modificaciones si las necesita, pero tampoco está encima de ti ni hostigándote”.
Para un actor que todavía está construyendo su oficio, esa confianza puede ser tan importante como cualquier personaje.
Porque Alessandro todavía está aprendiendo. Y quizá esa sea la parte más interesante de su historia.
No está en el lugar de quien ya llegó. Está en el momento en que una carrera empieza a adquirir forma. Hay proyectos, hay reconocimiento, hay un personaje que comienza a crecer, pero también existe la conciencia de que esto apenas comienza.
“Yo siento que todo lo que estoy pasando, estos trabajos y este crecimiento, es formación para mí, para mi carrera”.
Lo dice sin falsa modestia. Tampoco parece tener prisa por convertirse en algo que todavía no es. Sabe que quiere seguir trabajando, seguir creciendo y seguir preparándose.
“En cualquier momento va a llegar un proyecto en el que voy a estar y en el que voy a crecer y voy a dar todo”.
Hay algo conmovedor en escucharlo hablar así porque la ambición no aparece como ansiedad, sino como expectativa. Alessandro quiere llegar.
Pero antes quiere aprender a llegar.
La portada de Showroom aparece entonces en un momento particularmente significativo: no como la consagración de una estrella, sino como la celebración de uno de esos primeros grandes pasos que permiten imaginar lo que viene.
Después de estudiar Psicología, escuchar el llamado de la actuación, entrar al CEFAT, enfrentarse a sus primeros personajes y descubrir que una participación de unos cuantos segundos puede convertirse inesperadamente en una oportunidad mayor, Alessandro empieza a pisar fuerte.
Todavía queda mucho camino. Y eso, precisamente, es lo emocionante.Porque algunas carreras no necesitan anunciar desde el principio hasta dónde van a llegar. Basta con mirar cómo empiezan.









